La Guerra Fría y sus impactos en Uruguay

Patrick Iber 

 

“...Este sintagma refiere, en el fondo, al conflicto multidimensional entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que delimitó a nivel internacional el orden mundial entre el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y la caída del muro de Berlín en 1989, Esa confrontación a distintos niveles fue calificada como «<fría» porque las dos superpotencias en disputa no se enfrentaron en una guerra abierta. El miedo a la guerra nuclear estuvo latente de principio a fin, lo que produjo una especie de “cuidado” militar, sin enfrentamientos frontales, aunque con intervenciones indirectas en guerras regionales o en zonas de influencia. La competencia, entonces, giró hacia la demostración de que los sistemas sociopolíticos enarbolados por cada uno de los dos países tenían algún grado de superioridad sobre el que defendía el oponente. Las dos superpotencias se presentaban como las representantes de modelos de modernidad económica y social en contraste, así como las abanderadas de dos caminos contrapuestos hacia el desarrollo resto del mundo debía seguir.

Los Estados Unidos habían justificado su rol expansionista en el mundo bajo la lógica de la contención del totalitarismo, entremezclando el final del conflicto contra el nazismo con nueva lucha anticomunista.

En contraste con esas ideologías “totalitarias”, los gobernantes estadounidenses se veían a sí mismos como democráticos y capitalistas, una combinación que, esperaban, produjera la prosperidad que contendría al extremismo político. En ocasiones proyectaban un manto de religiosidad genérica que buscaba contrastarse con el ateísmo simbolizado por los comunistas. De manera global, los Estados Unidos presentaban a su sociedad como la legítima representante de la libertad. Su arte y su cultura no eran controlados o censurados por el Estado, mientras que los mercados libres hacían posible que sus habitantes escogieran las vidas y creencias que desearan.

En contraposición, la Unión Soviética sostenía una promesa bien distinta. Para las sociedades atrapadas en el subdesarrollo y la explotación imperialista, los soviéticos ofrecían una «vía» de cambio revolucionario. Los países que se enfrentaban al colonialismo o a sistemas neofeudales de tenencia y uso de la tierra, podían ver efectivamente materializada la promesa de crecimiento rápido y transformación social que la Unión Soviética había asegurado mediante el férreo control que el Estado ejercía sobre la economía.

Versiones oficiales de las ideologías marxistas prometían un Estado obrero cuya principal misión era encaminar a los países en la vía hacia el desarrollo. En áreas como la ciencia y la cultura, el modelo soviético proponía que, en vez de la anarquía de los mercados y la subordinación de los valores culturales a la dictadura del capital, el control del Estado podía poner el conocimiento, la tecnología y las artes al servicio del pueblo.

Como era de esperarse, las dos superpotencias se quedaron muy cortas respecto a las utopías de sus imaginarios propagandísticos. La política soviética, especialmente pero no solo bajo la conducción de Stalin, produjo hambrunas, deslocalización y se sirvió de la represión política como uno de los principales instrumentos para su sostenimiento. Incluso en los años menos sangrientos, la dictadura del proletariado era todavía un régimen cuyas jerarquías políticas y sociales se definían a través de la proximidad a los aparatos del Estado. Al mismo tiempo, el sistema ideológico estadounidense proyectaba una versión fantasiosa de su aparato gubernamental, en el que su representación de la libertad fue siempre parcial y hasta engañosa en varios aspectos. En los Estados Unidos, las prácticas racistas y la exclusión sistemática eran parte integral del sistema, develando las mentiras de la promesa de «libertad e igualdad para todos». El miedo de los Estados Unidos a la revolución llevó a una identificación de la libertad con el anticomunismo, lo que tuvo como consecuencia el apoyo sostenido a dictaduras y gobiernos autoritarios de ese signo, que violaban derechos humanos fundamentales, en distintas partes del mundo.

Hubo dos elementos que hicieron que la Guerra Fría fuera un conflicto global. El primero fue el sistema internacional que generó: para los Estados Unidos y la Unión Soviética, una buena parte del mundo debía pertenecer a su esfera de influencia, lo que garantizaba un perímetro de seguridad y un sistema económico internacional viable. En el caso de la Unión Soviética, su esfera de influencia principal fue Europa del Este, mientras que para los Estados Unidos fue Europa occidental y América Latina. El segundo factor fue que los conflictos internos de los países, incluso aquellos basados en confrontaciones de clase o etnicidad, fueron mapeados dentro de las lógicas de la Guerra Fría. El historiador Odd Arne Westad ha sostenido que “las intervenciones de la Guerra Fría fueron frecuentemente extensiones de guerras civiles ideológicas, libradas con la ferocidad que sólo las guerras civiles pueden traer consigo”.

Esta formulación describe bien la experiencia latinoamericana del conflicto. No se trató solo de la imposición de intereses estadounidenses, o de injerencia soviética o cubana: esos factores se asociaban con divisiones existentes. La Guerra Fría regional fue en ese sentido una intersección de pugna de intereses con las preocupaciones de sectores de las sociedades latinoamericanas, tanto dentro de ellas como entre ellas. También se trató de una Guerra Fría interamericana, en la medida en que los gobiernos de derecha buscaban contrarrestar la influencia de los gobiernos de izquierda, y viceversa. En Uruguay, todos estos aspectos estuvieron presentes. El impacto de la Guerra Fría no se derivó únicamente de la injerencia extranjera, sino también expresó la manera en que los uruguayos tomaban los anhelos y los miedos de esos tiempos y los usaban para construir la vida política, económica y social del país.

Debe señalarse que la Guerra Fría emergió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto en el que la mayor parte de América Latina se sumó a los aliados mientras les proveía una parte importante del suministro de materias primas. Los Estados Unidos eran por entonces el mayor e incuestionable poder económico del mundo, al tiempo que portaban ya un gran historial de invasión y ocupación en América Latina. Pero a medida que la guerra llegaba a su final, comenzó a perfilarse una esperanza compartida de que el subcontinente emergería más próspero y democrático del escenario de posguerra. Después de todo, la guerra se había enmarcado como una lucha panamericana en contra del fascismo antidemocrático europeo, lo que también coadyuvó a la caída de dictaduras consolidadas a lo largo del subcontinente.” Págs. 27-30

“Pero en otros países, los Estados Unidos percibían grandes peligros en la combinación de nacionalismo y reformismo social. Jacobo Árbenz, el presidente elegido en Guatemala en 1951, intentó poner en marcha una reforma agraria que buscaba transformar el inequitativo sistema de tenencia de la tierra en el campo redistribuyendo tierras que pertenecían a la United Fruit Company. Árbenz estaba influenciado por amigos y asesores socialistas, aunque su contacto real con la Unión Soviética era bastante limitado. Aun así, el gobierno de los Estados Unidos temía lo que para Árbenz era un objetivo de sus políticas: la politización y organización del campesinado. Fue en ese marco que la CIA orquestó una campaña que llevó a su derrocamiento y la restauración del poder de los latifundistas. Dentro de los espectadores del golpe contra Árbenz estaba Ernesto Che Guevara, un joven médico argentino en viaje por el continente, cuya conclusión fue que cualquier revolución latinoamericana tendría que confrontar el poder e influencia de los Estados Unidos. Árbenz viviría una parte de su exilio (entre 1957 y 1960) en Montevideo, donde incluso fue hostigado por la CIA.

Guevara conoció en México a Fidel Castro, por ese entonces un exiliado opositor a la dictadura de Fulgencio Batista. Después de años de combate, el primero de enero de 1959 los rebeldes cubanos confirmaron su victoria. La Revolución cubana, su radicalización y los acercamientos con la Unión Soviética replantearon el impacto de la Guerra Fría en toda la región. La experiencia de Cuba implicaba para muchos latinoamericanos una inmediatez y proximidad que la revolución soviética no tenía. Por su parte, las transformaciones sociales llevadas a cabo por los cubanos llevaron a muchos a concluir en que el camino revolucionario era, en efecto, la «vía latinoamericana para combatir el subdesarrollo y la desigual distribución del ingreso y de las riquezas. En contraste con lo ocurrido en Guatemala, en abril de 1961 la invasión a la Bahía de Cochinos, una operación apoyada por la CIA que buscaba derrocar al gobierno de Castro, fue fácilmente repelida. Meses después, a través de una conferencia interamericana que tuvo lugar en la ciudad uruguaya de Punta del Este, el gobierno del presidente John F. Kennedy propuso un incremento sustancial en la ayuda económica a Latinoamérica mediante la concreción de una Alianza para el Progreso, que pondría en marcha reformas destinadas a evitar nuevas revoluciones. El Che Guevara, entonces representante de Cuba, argumentó que la región debía agradecerle a la Antilla mayor por la ayuda conseguida. -Cuba resulta la gallina de los huevos de oro, llegó a decir. Mientras Cuba esté allí, Estados Unidos da”. (Rama, Ángel. “El acusador y el acusado”, Marcha, 11 de agosto 1961, p.17)

A medida que Cuba emergía como un ejemplo para sectores radicales de las izquierdas latinoamericanas, el estatus de Uruguay como una república modelo empezaba a erosionarse. Desde mediados de los cincuenta, la economía estaba en franco declive. La guerra de Corea, entre 1950 y 1953, había contribuido a mantener algunos precios elevados para materias primas y agropecuarias, pero cuando llegó a su fin los problemas se intensificaron.” Pag 31. 32

Broquetas, Magdalena; Caetano, Gerardo. (Coor). Historia de los conservadores y las derechas en Uruguay. Tomo II. Guerra Fría, reacción y dictadura. Banda Oriental. Montevideo 2022

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